
A pesar de pecar de bocazas en muchos de mis discursos hay muchas cosas que parece que no me voy a atrever a decir nunca. Me delato sin darme cuenta a través de las cosas que intento robar a través de mi objetivo la mayor parte de las veces.
Los hombres tenemos el don de la palabra escaso casi siempre y es una putada gorda. Gracias a todo el resto de manifestaciones humanas podemos decir cosas sin hablar.
Durante el camino que trazamos en nuestra existencia muchas cosas nos vienen (im)puestas. A fin de cuentas somos un puñado de células que vinieron de otro grupo celular y así seguirá siendo siempre. A una de las mitades las identificamos a través de un apellido que en una sola palabra sin significado aparente se esconden infinidad de historias moleculares que nadie podrá conocer jamás y cada uno interpreta según sus vivencias.
Mi primera mitad o mi primer apellido se encuentra en un pequeño pueblo manchego rodeado de pinos y poca gente. Frío en invierno y fresco en verano. A mi llegada cuatro generaciones llegamos a compartir pueblo y comidas.
Ahora de aquellos cuatro solo quedamos los hombres: López padre y López hijos. El López padre no dista de mi una enorme cantidad de años. Nos separa apenas un par de décadas y es ahora cuando reflexiono en todo lo bueno que tengo a mi lado. Perseverancia, siestas, el gusto por las comilonas y un heredado síndrome de Diógenes que cada día me genera más alegría y sueños.
De él son sus manías y sus sueños. El paso del tiempo construye un hombre cabezón y feliz. Muy suyo y nuestro en lo bueno. De él quiero seguir aprendiendo cómo trabajar la madera y sacar provecho a todo lo que nos da la tierra. De él es este post y para mí es el orgullo de hijo.
El pueblo.